De la tormenta de Copacabana a la calma en la Isla del Sol

Entré a Bolivia sin un centavo, nada. Los bolsillos vacíos. Me vi en la obligación de rogar a una pareja de holandeses que me prestasen dos pesos bolivianos correspondientes a la tasa de la frontera. Su compasión era palpable. Llegué a Copacabana pensando como sobrevivir sin plata, y si mi familia podría sacarme de este apuro.

Se dieron un cúmulo de circunstancias que me llevaron a estar más de 18 horas con la cartera tiritando. Pero os pongo en antecedentes:

Hacía una semana que mi banco Evo por decisión propia me había bloqueado la tarjeta alegando que podía haber sido participe de una posible acción fraudulenta. Teniendo la tarjeta inglesa pude sacar 200 soles, disfrutar mis últimos días en Perú y comprar mi boleto de ida a Copacabana (Bolivia). 

Preparé la mochila y me dirigí a la estación. Fue allí cuando se produjo el desconcierto. Al intentar sacar dinero del cajero, se me informaba de que la tarjeta inglesa también había sido bloqueada. Abrí el monedero con torpeza, dos, cuatro y cinco soles, conté. Ya era oficial, estaba en problemas. 

Con un viaje nocturno de 10 horas a la vista, compré un trozo de pan y una botella de agua. Tuve que pagar una estúpida tasa de estación y me quede en número rojos. Pasé el viaje alternando descanso y preocupación. 

Volviendo a cuando entré a Copacabana, nada más poner un pie fuera del autobus, corrí hacia un hostel, me conecté al WIFI.

Mi familia contactó con mi seguro de viajes,  parecía que la cosa iría para largo. Eran las 3 de la tarde , los bancos cerraban a las 4 y el dinero no llegaba. Empezaba a tener mucho hambre y crecía la incertidumbre. Apareció entonces mi tío Javi para salvarme de la inminente hecatombe, me mandó 100 euros que recibiría vía Western Union 15 minutos antes de que cerrase el banco. Me comí una milanesa de trucha a su salud y me di un paseo por Copacabana.

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Tardé muy poco en recorrerme sus calles y entender su esencia. El pueblo es muy pequeño y casi todas sus calles acaban en el grandioso Lago Titicaca. El pueblo depende y vive del Lago, y del turismo que éste atrae. Sin embargo, el Titicaca visto desde Copacabana no es del todo agradable a la vista, no se ve esa gama de azules de la que todos los viajeros hablan, y lo que sí se aprecia es basura y suciedad en su orilla.

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Lo que sí llamó mi atención fue la Basilíca de la Virgen de Copacabana, enorme y majestuosa, alberga en su interior gran colección de objetos religiosos.

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Repentinamente, la tarde fue cubierta por un manto de nubes negras, y la tormenta no tardó en aparecer. Lluvia, truenos y relámpagos que iluminaban el lago robaban a la noche parte de su oscuridad y ponían punto y final a uno de los días más grises del viaje.

Todo cambió al día siguiente. Cocapabana amanecía con una sol radiante. Agarré mi mochila y puse rumbo a la Isla del Sol. Tomé el primera barca y junto con 10 pasajeros navegamos por el lago más alto del mundo disfrutando, esta vez sí , de una paisaje de contrastes.

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Tras dos horas de paseo, llegamos a la isla.

La isla del Sol se sitúa dentro del Lago Titicaca. En la época inca era un santuario con un templo dedicado al Dios del Sol, de ahí su nombre. Es relativamente pequeña, unos 14km².

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La mayoría de la gente que conocí visitó la isla de día con el barco, y volvía a dormir a Copacabana, pues resulta viable recorrerla de Norte a Sur en 3 horas. Pero en mi opinión la Isla merece más de nuestro tiempo. Se puede comprar comida y alojarte en los hosteles que hay en las dos zonas. Digo hosteles pues es así como se ofrecen, pero la realidad es que son humildes casas que sus habitantes preparan para el turismo.La mayor parte de estos habitantes son indígenas de origen quechua y aymara dedicados a la agricultura, el turismo, artesanía y la ganaderia.

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Me alojé en la zona Norte (Challapampa), me deshice de la mochila y corrí a descubrir la Isla. El hecho que no que no haya coches, luz ni por supuesto Internet me seducía enormemente. Encabecé el camino Inca -la senda que siguen todos los turístas-, que recorre la Isla de Norte a Sur pasando por sus principales ruinas: La Mesa de los Sacrificios, la Roca Sagrada, el Laberinto, entre otros.

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En el camino conocí a mucha gente, la Isla es muy turística pero en esta época no está abarrotada. Compartí parte del camino con Toni y Carlos, que me contaban sus impresiones de Bolivia, y todos sus viajes. Vimos las ruinas juntos y seguí en solitario hasta encontrarme un grupo de franceses que venían fasciandos de Chile. Llegué hasta el Sur con ellos y me decidí volverme Challapampa evitando el camino más tránsitado.

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Y aquí es donde empezó la magía. Off the beaten track, como me aconsejaron los franceses. Abandoné el camino concurrido y me encontré con una nueva isla. Tal cual.

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Las nubes en la Isla parecen tener vida propia

Así anduve durante toda esa tarde y los dos días siguientes.  Desvestí a la Isla del Sol de arriba a abajo, descubriendo toda su naturaleza y me atrapó completamente . Atravesé arboledas, cerros y laderas. Sorteé riscos de piedras, me bañé en sus playas, y me asomé a sus acantilados. Parecía renovarse a cada zancada, sorprendiéndome siempre con algo nuevo, pero siempre manteniendo su esencia: dondequiera que mirase, el intimidante Titicaca de fondo.

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Elmet tocando la Quena (flauta andina).

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 Tenía el espiritu aventurero por las nubes, más Alexandre Supertramp que nunca. Saludaba a los campesinos y les hablaba con familiaridad. Me coloba para ver sus cultivos y sprintaba despavorido cuando me perseguían sus perros. Hablaba solo, cantaba y a veces gritaba airado. De la forma más casual, me tropecé con la felicidad y caí de bruces en una satisfacción personal mayúscula.

 

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“Hay placer en los bosques sin senderos, hay un éxtasis en la orilla solitaria, no hay sociedad, donde se entromete su defecto, por las profundidades del mar, y la música en su rugido, No amo el hombre menos, pero más a la naturaleza” -Lord Byron

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