Triste despedida en Lima

La capital de Perú no sería una ciudad más que visitar dentro de nuestro itinerario de viaje. Lima supondría un cambio drástico en la continuidad de éste . Lamentablemente, Rubén escribiría punto y aparte en su recorrido por Latinoamérica y yo me encontré en la tesitura de querer seguir caminando sabiendo que perdía a alguien irreemplazable en el camino.

Rubén siempre dice que la vida consiste en lo que la gente puede y no puede ver. Yo, más terrenal, siempre he pensado que él simplemente ve diferente al resto, observa en lugar de mirar, encuentra la esencia en las cosas más sencillas y saca lo positivo en un mar de catástrofes.

En 3 meses nunca perdió la capacidad de asombro. Se levantaba cada día como si fuese un niño el 6 de enero, vibraba en cada playa y desbordaba y contagiaba cantidades industriales de buena energía. Fuimos un matrimonio de pocas fisuras, si alguna vez hubo alguna. Si dudaba, él me enseñaba como proceder y de la mano aumentamos nuestra perspectiva y agudizamos nuestro instinto de supervivencia.

Su trabajo nos ha separado momentáneamente pero Rubén está presente en cada zancada, en cada instante que veo algo hermoso o cuando agarro un mapa para encontrarme. Seguirá siendo parte imprescindible de este blog y pronto volveremos a hacer algo grande juntos.

Llegamos a Lima enriquecidos por la visita cultural y espirutual que supuso el Macchu Picchu. Dimos un paseo por la ciudad, y encontramos tres Limas bien diferenciadas:

Dos zonas bastantes turísticas. Una es la parte colonial, que se encuentra en el centro donde nos alojamos, lugar de mucho movimiento de lunes a viernes, y otra llamada Miraflores donde generalmente vive gente la clase alta.

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La tercera zona es la verdadera Lima, más humilde y mucho más sucia. Tanto es así, que Lima es considerada la ciudad menos limpia de Sudamérica.

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Paseamos por su periferia conociendo su parte más auténtica.

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Rubén no se podía ir del Perú sin probar su cocktail más famoso, el Pisco Sour. Nos recomendaron el Hotel Bolivar (presuntamente creador de esta legendaria receta) para degustarlo.

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“Ácido, fuerte, dulce y sensual, mezcla inocente y volátil. Te sumerge  sin inclemencia entre la espuma y la transparencia. Tocas el cielo y besas la tierra y hasta te bailas una marinera. Agita con fuerza el emblemático licor de azúcar, clara y limón un toque de angostura”

El único peligro de este cocktail reside en cuando parar. Nos conquistó con su suavidad y nos sedujo con su sabor. El cuerpo pedía más. De camino a otro bar, conocimos a Martín, un limeño sin rumbo ni reloj y su hijo, que a sus cinco años tenía un doctorado en la universidad de la calle.

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Jarra tras jarra de Pisco, nos dejamos caer por los antros más antros de Lima y mañaneamos conversando con gente sin hogar que dormía entre cartones en la Plaza de Armas.

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A medio día, Rubén cogió un taxi hacia el aeropuerto. Su imagen esperando un abrazo de despedida todavía escuece en mi retina. El taxi se fundió entre el tráfico del centro histórico de Lima dejando un vacío enorme.

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