Salento suspendido en el tiempo

 El Eje Cafetero es de los sitios casi obligatorios si viajas a Colombia. Rodeado por pueblitos paisas muy acogedores y singulares en los que el café, entre otras cosas, se vive como un arte. Elegimos Salento para pasar unos días. A simple vista nos pareció muy parecido a Guatapé, quizá menos colorido y con más vida artesanal. Ya alojados en la “Casona” – el acogedor hostel de Fernando- , fuimos a dar una vuelta por el pueblin. Nos sentíamos más a gusto que en brazos paseando por sus callecitas. En Salento se respira paz y armonía.
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Nos hablaron de un mirador en la cima del cerro del que se podían disfrutar de unas vistas privilegiadas. ¡Qué maravilla respirar aire puro!
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Con más hambre que vergüenza bajamos el cerro con la idea de llenar el buche, ya por la mañana le habíamos echado el ojo a un coqueto restaurante al lado del hostel. El Etnia era regentado por Carlos, un paisa artesano que con la misma gracia te vende unos pendientes como te prepara una deliciosa ensalada. Tras unas cervecitas Carlos cogió confianza con nosotros y nos estuvo contando su punto de vista sobre el cambio de Medellín y de temas bastante delicados, como la minería en Colombia, trabajo al que se dedicaba anteriormente. Nos contaba medio emocionado las auténticas barbaridades que se cometen a la madre nauraleza y que por eso decidió cambiar de aires. ¡ Aprendimos mucho de ese Pacero!
Con ganas de un poco de trekking nos pusimos en pie para marchar al Valle del Cocora. Agarramos un Jeep con varios viajeros, que te dejaba en la entrada de la reserva y comenzamos la caminata.
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Casi al principio del trekking conocimos a Roberto, un aventurero chileno, con el que más tarde compartiríamos momentos inolvidables.
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La ruta prometía cada vez más a cada paso que dábamos, teníamos que cruzar ríos por puentes inestables de madera, paisajes increíbles, naturaleza en estado puro, como viene siendo la dinámica en nuestro viaje. Y es que Latinoamérica late al son que marca la tierra.
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Hicimos una pequeña paradita en el parador los colibrís, donde contemplamos a estos peculiares pajarillos, que aleteaban sus alas a velocidad de vértigo y se posaban para beber. Otros animalillos intrusos se asomaron para ver si caía algo de comer.
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Continuamos la marcha y un rato después dimos con el esperado valle de Cocora. No hizo falta decirnos nada, el silencio se convirtió en nuestro cómplice y cada uno improvisó su espacio para hacer suyo ese momento tan especial. Ya finalizando la marcha la curva de nuestra sonrisa dibujaba felicidad.
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En el Jeep de vuelta al pueblo, se nos ocurrió ir a visitar una finca cafetera. Casualmente visitamos la mas genuina y tradicional, La finca de Don Elías. Una auténtico maestro cafetero que cuida sus plantas de café como si fueran oro.
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Paseamos por la finca y nos enseñaron todo el proceso de elaboración del café, desde la recogida del grano, secado y descascarillado, hasta el tostado final. La peculiaridad de esta finca y de la elaboración por parte de Don Elías es que el café es totalmente orgánico.
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Todo su trabajo es artesanal, usando además “pesticidas” naturales a base de pimentón, ajo y otros remedios caseros para repeler a los insectos, sobre todo a la broca, enemigo número uno de los cafeteros.
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Nos enseñaron como molían el grano con una maquina antigua. El aroma del café se expandía por todos los rincones. Con la boca hecha agua, no nos podíamos ir sin probarlo.
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Mmmmmmmmm que maravilla! . Estábamos tomando café, no todo el mundo puede decir lo mismo, pues la industrialización estropea el producto y muchas veces no sabemos que comemos ni que bebemos.
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Ya de vuelta al pueblo, se nos abrió el apetito y solo pensábamos en la trucha de la que tanto nos habían hablado. Dicen que no te puedes ir de Salento sin probar su trucha. Y que razón llevan! Pescadito fresco de calidad, que estaba para chuparte los dedos.
Por la noche Roberto sacó la guitarra y estuvimos cantando y tomando unas cervezas. ¡ Que grandes momentos vivimos en Salento!
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2 respuestas a “Salento suspendido en el tiempo

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